Archive for September, 2007

La Bombilla

Mientras los 220 V de corriente alterna excitaban su filamento la bombilla examinó la habitación que el destino, o quizás la mano del hombre, habían decidido que iluminara. Un joven hombre, de nombre Billy, llevaba tres días encerrado en el cuarto con la sola compañía de un ordenador personal y un router ADSL que le abría las puertas al resto del mundo.

Por lo que la bombilla había logrado deducir, en un momento de lucidez, el joven se había propuesto sobrevivir a base de gorronear cosas en Internet llamando la atención sobre lo novedoso de su reto. El joven parecía satisfecho y la bombilla decidió dar un nuevo significado a su vida, o más bien a su muerte.

El filamento se rasgó en dos provocando un cortocircuito que dejo inútiles al PC y al router ADSL poniendo a Billy frente a la parte más interesante del reto al que se enfrentaba.

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Experiencia de la infancia - segundo ejercicio de “El gozo de escribir”

Juan no se sorprendió cuando Matilde, la profesora de la guardería, le aparto de las grandes piezas de Duplo con las que estaba construyendo una casa y le dijo: “Juanito, vamos un momento a ver a María Jesús, que te quiere presentar a unos señores muy simpáticos”.

María Jesús, una señora delgada, de facciones aguileñas y cuya cara estaba adornada por unas gafas para leer, de esas que tienen el cristal partido en dos, era la directora de la guardería.

No era la primera vez que Juan, unas veces en compañía de sus padres y otras sólo, era llevado al despacho de María Jesús para que lo vieran los padres de otro niño, que, si las tretas de la directora conseguían su propósito, pronto se convertiría en compañero de la guardería.

Matilde, una vez alcanzada la puerta del despacho de María Jesús, golpeo suavemente el cristal que ocupaba la parte superior de la misma, como si tuviera miedo de romperlo o de molestar a los ocupantes de la habitación.

A los pocos segundos se oyó la voz imperiosa de María Jesús: “Adelante”

- “Doña María Jesús, aquí le traigo a Juanito Ramírez, tal y como me pidió” - dijo Matilde una vez ella y Juan hubieron cruzado el enorme despacho hasta la inmensa mesa de caoba que dominaba la habitación.

-”Muchas gracias, Matilde” - oyó Juan mientras examinaba la habitación por enésima vez y se percataba que en los cómodos sillones de cuero con orejeras que había frente a la mesa se hallaba sentado un matrimonio que le miraban con cara expectante.

Matilde le dio un apretón tranquilizador a la mano de Juan, la soltó y se marcho con paso tranquilo y sin mirar atrás, de vuelta con el resto de los niños.

- “Hola, Juan” - dijo María Jesús - “siéntate un momento”. María Jesús señalo a un taburete bajo de color rojo que resaltaba extrañamente dentro de la seriedad de su despacho.

- “Te presento a los señores García del Molar. Estos señores tienen mucho interés en ver lo bien que lees”

- “Bueno” - respondió Juan, con tono de resignación mientras se sentaba.

María Jesús rodeó su mesa y se acerco a Juan mientras extendía su brazo. Abierto en la mano estaba un pequeño papel que Juan cogió y alisó.

Tras darle la vuelta, ya que lo había cogido boca abajo, Juan empezó a leer con voz segura:

- “La aspirina, el éster salicílico del ácido acético fue introducida en la clínica en 1899 siendo utilizada como analgésico, antiinflamatorio, antipirético y antitrombótico. Una vez en el organismo, el ácido acetilsalicílico es hidrolizado a salicilato que también es activo.”

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Ejercicio de escritura automática de mi curso “El gozo de escribir”

Cuando abrí la puerta para entrar al curso me quedé sorprendido de la cantidad de gente que había. Tuve que culebrear cerca de las paredes, sorteando las sillas ocupadas, para poder llegar a un sitio libre.

Una vez sentado tuve ocasión de fijarme por primera vez en mis compañeros de curso; una mezcla heterogénea de personas de varios países, edades y sexo. Mientras iba recorriéndolos con la mirada un movimiento me distrajo por el rabillo del ojo: una extraña lagartija corría por la pared. Era una lagartija pequeña, de no más de unos diez centímetros, y moteada por unas manchas amarillas. Pepa, que es como inmediatamente bautice a la lagartija, debió sentirse observada, porque enseguida se paró, como si quisiera que me olvidara de ella al no moverse. Tras unos segundos cambió de opinión y salio corriendo en dirección a la ventana que estaba abierta.

Perdida la distracción de la lagartija me puse a escuchar lo que la profesora del curso estaba contando. Hablaba sobre lo difícil que era enfrentarse a la hoja de los exámenes en blanco cuando éramos pequeños. Esta incursión en las memorias de mi infancia me provocó unas ganas terribles de tomarme un caramelo, a ser posible un sugus, esos caramelos que están a medio camino hacia un chicle y que vienen envueltos en papeles de colores. A mí siempre me han gustado los azules, aunque sea un color que no suele tener la comida.

Tras contarnos como enfrentarnos al temido papel en blanco la profesora nos planteo el primer ejercicio práctico de la clase: teníamos que imaginarnos una bola gigante llena de palabras; esta bola se iba haciendo pequeña y la lista de palabras se iba reduciendo hasta que solamente quedara una. Ésta la guardaríamos para más tarde.

Me puse de los nervios con el ejercicio. Tenía la sensación de que en vez de las palabras era yo el que estaba dentro de la bola y que iba a morir asfixiado. Con la ayuda de un calmante, al que acompañe con un poco de agua de la jarra, me sobrepuse a mi nerviosismo y logré terminar el ejercicio. La palabra elegida fue “sueño

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